SOMOS LO QUE COMEMOS

Somos lo que comemos. Afortunadamente la ciencia está dando la razón a través de los maravillosos estudios en genética y epigenetica. Estos estudios están demostrando como los alimentos que ingerimos tiene un efecto sobre la actividad de los genes y consecuentemente sobre nuestra salud y longevidad. Y es que lo que comemos diariamente afecta de forma directa nuestra salud a través de diferentes cauces bioquímicos. Pero uno de estos cauces, de una trascendencia hasta ahora desconocida, es a través del efecto epigenetico, que son las modificaciones químicas que añadimos al ADN a través de nuestra buena o mala alimentación, provocando alteraciones en la actividad de los genes. Lo que comemos afecta, para bien o para mal, de forma muy especial nuestro cerebro y su funcionamiento. Hay alimentos que conviene ingerir con más frecuencia y mayores cantidades diariamente, mientras que hay otros alimentos que debemos de ser cuidadosos en su uso y no ingerirlos o disminuir su ingesta. Así pues la clave para llevar una alimentación saludable depende tanto de la selección de alimentos que hacemos, como de las cantidades que ingerimos de los mismos, como de la frecuencia con que los consumimos. Pero para poder elegir bien, necesitamos saber, conocer bien los alimentos y las funciones que éstos tienen en el sistema nervioso, de ésta manera podremos disfrutar de las comidas y sus preparaciones, y al mismo tiempo mejorar la agilidad mental.
¿Qué hacer desde el punto de vista nutricional para mantener un cerebro sano?
Para mantener la salud mental es fundamental la prevención primaria, la cual implica cambios en estilo de vida asociados a una ingesta rica en nutrientes como son las vitaminas del complejo B, vitamina E, antioxidantes, como la vitamina C, oligoelementos, polyfenoels.
Llevar a cabo una alimentación saludable.
Mantener un peso aceptable.
Aumentar la actividad física.
Mantener una actividad social/cognitiva.
Abandonar el hábito de fumar.
Dentro de los buenos hábitos alimentarios tenemos que practicar: 
Comer con moderación e incluir alimentos variados en cada comida. Comer frutas y hortalizas todos los días. Aumentar el consumo de antioxidantes. Aumentar el consumo de fibra dietética y polisacáridos complejos, que son los cereales integrales importantes fuentes de vitaminas. Consumir lácteos descremados por su aporte de calcio y proteínas. Elegir fuentes de proteínas que aporten bajo contenido en grasas saturadas. Reducir la ingesta de grasas saturadas y tras, presente en los alimentos de origen animal, en los aceites fritos a altas temperaturas. Reducir el colesterol dietario, principalmente su fuente de formación que son las grasas saturadas, de origen animal. Incrementar el uso de ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados. Disminuir o eliminar salteados y frituras. Eliminar el consumo de azúcar y reducir el de la sal. Disminuir el consumo de bebidas alcohólicas. Y beber abundante agua durante todo el día.
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